
Ahora tengo vocación de Carpanta, ese personajillo tan simpático de Ibáñez que rapiñaba lo que podía para comer. Porque la vida del emancipado pobre en un país extranjero es muy dura y más cuando es tan torpe que se cae por la calle a lo largo y rompe el móvil y el mp3... Menos mal que tengo mi libro "Mamá, ¿cómo se pone la olla express?" que lo mismo te enseña a coser un botón que a preparar canapés suculentos para las visitas.
De momento vivo con tres alemanas que son encantadoras y parecen modelos. Mi habitación es una especie de zulo ortega-lariano pero con un poster de Audrey y unas cuantas velas lo he adecentado. Todavía espero a un hombre fornido que me coloque el espejo que compré en Ikea el segundo día y que tengo apoyado en la cama.
La ciudad es una maravilla, me encanta. El transporte público no me gusta tanto y los macarras que van con las canciones del móvil altísimas al lado de la oreja tampoco. Al final el balance de la primera semana es positivo.